
Monseñor García Cuerva llamó desde Luján a sanar las heridas de la Argentina y terminar con los discursos de odio
AustrinidadTDF
Con un llamado a la unidad, la fraternidad y el encuentro entre los argentinos, monseñor Jorge Ignacio García Cuerva, presidió la misa bajo el lema “Madre, en tu abrazo nos reconocemos hermanos”.
Después de los cerca de 60 kilómetros recorridos desde el Santuario de San Cayetano, en Liniers, hasta la Basílica de Nuestra Señora de Luján, García Cuerva centró buena parte de su homilía en la imagen del abrazo de la Virgen María.
El arzobispo recordó el cansancio, las ampollas y el esfuerzo de quienes llegaron caminando hasta el Santuario y sostuvo que los peregrinos fueron hasta Luján buscando el abrazo de una Madre capaz de contener y sostener.
Pero a partir de esa imagen llevó su reflexión hacia la situación social del país. “Nuestra Patria tiene muchos abrazos pendientes”.
García Cuerva aseguró que la Argentina necesita recuperar los vínculos entre sus habitantes y habló de la necesidad de construir “abrazos de perdón” frente a la descalificación, solidaridad ante la indiferencia y encuentro frente a las divisiones.
El arzobispo utilizó incluso las heridas físicas de los peregrinos como una imagen para describir las heridas sociales.
“Así como nos curamos las ampollas, queremos, Madre, curar los vínculos entre nosotros”, expresó durante la homilía.
En uno de los pasajes más fuertes de su mensaje, advirtió que las heridas provocadas por la descalificación, la intolerancia y la violencia física y verbal están dañando profundamente los vínculos entre los argentinos.
Frente a ese escenario, García Cuerva sostuvo que es “tiempo de unirnos” y planteó que quien se siente abrazado por María no puede mirar al otro con desprecio, porque debe reconocerlo como hermano.
El arzobispo destacó además una característica que observó durante el camino hacia Luján: personas diferentes compartiendo el mismo esfuerzo y avanzando hacia un mismo destino.
Según expresó, durante la peregrinación las diferencias ideológicas quedan en segundo plano porque todos caminan, se cansan y desgastan sus zapatillas de la misma manera.
Para García Cuerva, esa experiencia constituye una enseñanza que puede trasladarse a la vida social argentina: reconocerse como integrantes de un mismo pueblo y evitar que el individualismo y el odio terminen imponiéndose sobre las diferencias legítimas.
El mensaje no quedó limitado a un llamado general a la unidad. El arzobispo pidió que los peregrinos regresen a sus hogares convertidos en “artesanos de la fraternidad” y lleven el abrazo de María especialmente hacia quienes atraviesan situaciones difíciles.
Mencionó particularmente a los adultos mayores, las personas que piensan diferente, las personas con discapacidad y sus familias, quienes no tienen trabajo, quienes viven en la calle, los adolescentes y jóvenes atravesados por las drogas y los sectores más pobres.
La fraternidad propuesta durante la peregrinación, planteó, debe transformarse en gestos concretos hacia quienes necesitan acompañamiento.
La celebración coincidió además con la conmemoración de San Francisco de Asís, a 800 años de su muerte.
García Cuerva recordó al santo como una figura de concordia y fraternidad, destacando su capacidad de acercarse al enfermo, al diferente, a la creación y a quienes estaban excluidos.
Desde ese ejemplo pidió aprender a encontrarse también con quienes piensan distinto y comprender que las diferencias legítimas no eliminan la condición de hermanos.
Hacia el final de la homilía, García Cuerva definió la peregrinación como una “escuela de fraternidad” para la Argentina y pidió que María enseñe a los argentinos a respetarse, perdonarse y recuperar el diálogo.
Su mensaje dejó así una consigna que trascendió los kilómetros recorridos hasta la Basílica: que la experiencia de caminar juntos pueda trasladarse a la convivencia cotidiana.
Miles de personas llegaron a Luján con historias, necesidades, agradecimientos y promesas diferentes. Para García Cuerva, precisamente allí estuvo una de las principales enseñanzas de la peregrinación: personas distintas pudieron caminar hacia un mismo lugar y reconocerse como parte de un mismo pueblo.
La celebración concluyó con una expresión profundamente arraigada en la religiosidad popular argentina: “¡Viva la Virgen de Luján!”.


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